Arriba y abajo

Activos Tóxicos albergará muchos, muchos relatos que en su día estuvieron publicados aquí o allá. Este no es el caso.  Este es nuevo, inédito, recién rechazado de certámen, además. Y aquí se queda porque tengo grandes planes (muy grandes) para esa grieta que se mueve.

A las doce apagaron las luces del pabellón. Amaya no creía ser capaz de dormir. Se sentía ridícula en esa colchoneta de gimnasia envuelta en una manta gris demasiado fina para dar calor. Ni siquiera le tapaba los pies y los tenía helados. Las botas de montaña aquellas le quedaban muy grandes. Y eran horribles. Igual que el chándal chillón acrílico. Además, era muy grande y la goma de la cintura del pantalón estaba demasiado dada de sí como para sujetarse solo. La mujer que repartía la ropa le había mirado con auténtico desprecio al preguntarle si no tenía alguna talla más pequeña.

—Encima… a ver si te crees que estás para elegir… —había mascullado—. Deja pasar, anda, que hay más gente. Si encuentro algo, te digo.

Manuel le había buscado un trozo de cuerda de tender la ropa para que se lo pudiera atar y poder caminar. Caminar arrastrando los pies (malditas botas, son demasiado grandes) hasta la colchoneta pegada a la pared, en medio de una fila interminable de colchonetas y personas asustadas con ropa ridícula, toda demasiado grande o demasiado pequeña.

Otra mujer les dio a cada uno una botella de agua y un bocadillo. Estaba correoso y frío, tenía un sabor horrible. Amaya estaba muerta de hambre, pero no se sintió capaz de darle más de un bocado. Lo dejó a un lado.

—Vaya, ahora además nos salen gourmets…—Escuchó a su espalda.

Amaya pensó en su ropa. No tenía mucha, pero era bonita. Y le quedaba bien. Intentó recordar qué llevaba puesto antes. Sí, un chándal. Barato pero bonito. Azul marino con un ribete en los laterales de azul más claro. Tenía dos muy parecidos, le gustaba mucho el color azul. Su madre siempre le decía que de pequeña tenía los ojos azules, como los de arriba. No tenía ni idea de qué significaba eso, pero le gustaba que su madre se sintiera orgullosa. Y el color azul. La chaqueta del chándal tenía capucha y también tenía un ribete. Estaba forrada de felpa por dentro y daba calorcito. Amaya empezó a tiritar. Se estaba quedando helada. Aquella horrible mujer le había obligado a tirar toda su ropa a un contenedor de basura.

—Quítatelo, por Dios, te vas a congelar si no te pones algo seco. No creo que vaya a merecer la pena ni lavarlo. Ya te comprarás otro.

Amaya se echó a llorar. No quería comprarse otro. Le gustaba ese. Le gustaba su chándal, le gustaba su ropa. Y no se lo iban a devolver. Ni su chándal, ni su ropa, ni su casa. El agua se lo había llevado todo.

***

La zona fue declarada catastrófica. Algunos de los vecinos habían conseguido salvar —o robar— algunas radios.

—Salimos en las noticias —se decía por los corrillos.

—¿Hay muertos? Yo no he visto por aquí al Miguel ni a la Vicenta —decían en un grupo.

—Igual no estaban.

—¿Y dónde iban a estar, más que en su casa?

—Que te digo que no, tío.

—Que te digo yo que sí. Ya verás cuando baje el agua como tengo razón.

—Calla, que no me dejas escuchar, atontado.

—Sube la voz, que yo también me quiero enterar.

«Es la segunda vez en esta temporada de lluvias que el cauce seco del arroyo recupera su torrente y obliga a desalojar a los vecinos. La virulencia de la riada en esta ocasión ha sorprendido a algunos desprevenidos en sus hogares. No hay constancia de víctimas mortales, pero las imágenes son desoladoras»

—¿Ves como no hay muertos, «enterao»?

—Que yo solo digo que aquí no estamos todos, que lo sepas.

—Que te calles, a ver qué dicen.

«Los servicios de limpieza ya se han desplegado y retiran barro y enseres. Mientras, los vecinos están temporalmente alojados en el pabellón deportivo Conde de Leiva. El concejal de urbanismo, Santiago Ruiz, ha lamentado las pérdidas materiales y se ha comprometido a encontrar una solución definitiva a los continuos desbordamientos del cauce del río Duebro. Visitará la zona a mediodía para evaluar personalmente el alcance de los daños.»

—Qué va a encontrar ese. Ese no se encuentra ni la chorra con las manos dentro de los calzoncillos.

—Tú tampoco. Tú también podrías ser concejal, pichacorta.

Aquellos dos hombres se alejaron con su radio mientras seguían charlando. Habían llegado algunas personas, que al parecer, repartirían algo para desayunar.

***

—Han dicho en la radio que va a venir el concejal —dijo Amaya.

—Qué va a venir. A ver qué se le ha perdido a él desde ahí arriba —respondió Manuel.

Les habían dado unos batidos infantiles y algunos paquetes de galletas. Los batidos estaban caducados y las galletas rancias. Algunas tenían insectos dentro. «Con esta humedad qué quieres hasta que baje el agua. No seas escrupulosa. En el almacén estaban bien.» Amaya no sabía si era la misma mujer horrible o si las reponían. No recordada la cara de la mujer horrible del día anterior.

—Ten un poco de paciencia, mujer. En cuanto retiren el barro nos dirán que tiremos «pa» casa.

—Me ha dicho esa mujer horrible que las galletas tienen bichos porque el agua no baja.

—Ya bajará, coño. Tú no te preocupes.

—Quiero irme a mi casa.

—Y yo, no te jode. ¡Hostia, mira! ¡El puñetero concejal! ¡No me jodas, tú!

Santiago Ruiz, efectivamente, asomaba por la puerta acompañado de varias personas que lo grababan. Dos de ellas desplegaron un pequeño atril portátil y conectaron un micrófono.

—Atención, atención, el señor Ruiz va a informarles personalmente del estado de la inundación. Acérquense, por favor.

Manuel, como casi todo el grupo, se fue acercando hasta formar un semicírculo frente al concejal. Amaya se quedó sentada sobre la colchoneta, apoyada contra la pared. Había conseguido dormir un poco, pero se sentía entumecida, sucia y ridícula. Aquel maldito chándal. Había soñado que al abrir los ojos se hubiera convertido en su chándal azul. Tal vez un ángel de la guardia le concediera ese pequeño deseo. Pero en vez de eso alguien le había robado la cuerda de la ropa. Se le venían de nuevo las lágrimas a los ojos pensando en dejarse ver por sus vecinos y por el concejal sujetándose los pantalones con la mano y arrastrando los pies. Eso le daba un poco la razón a los de arriba. A los de arriba que piensan que los de abajo son basura. Así se sentía, exactamente. Si su chándal había ido a parar al contenedor muy pocos de los de arriba dudarían en hacer lo mismo con el que tenía puesto. Sin molestarse en dejar que se lo quitara. Con ella dentro. Cuando te visten de basura, te sientes basura, pensó.

—Estimados vecinos —comenzó Ruiz su discurso—. Debo poneros al corriente de la gravedad de la situación. La gran grieta se ha movido.

Un murmullo incómodo recorrió el grupo. ¿La gran grieta? ¿Moverse? ¿Qué está diciendo este gilipollas?

—¿Y a mí que me importa? ¿Cuándo va a bajar el agua?

—Calma, calma —intentó apaciguar el concejal—. No sabemos cuándo va a bajar el agua. La gran grieta todavía no ha dejado de moverse. La contención Oeste está reteniendo el Gran Caudal, pero es posible en pase un tiempo antes de que volvamos a la normalidad.

—¿Y qué vamos a hacer? ¿Quedarnos aquí apiñados amontonados en mierda? —gritó una señora con dos niños pequeños en brazos.

Amaya se acercó despacio, sin separarse de la pared, hacia las dos acompañantes del concejal. Estaban algo apartados de la muchedumbre y murmuraban entre ellos.

—Espero que no intente explicarles a estos catetos. Es perder el tiempo. No lo van a entender. Seguro que la mayoría no sabe ni qué es la gran grieta.

—Pues sí. Que les diga lo que tienen que hacer y punto. Y a ver si acabamos pronto. Miranda está histérica. Entre embalar las cosas y los cambios de humor del embarazo casi me dan ganas de dejarla aquí; si no, igual quien la ahoga soy yo, fíjate lo que te digo.

—No seas bruto, joder.

—Yo también estoy muy nervioso, tío. ¿Tú no te preguntas nunca si esto está bien?

—Esto es lo que hay, amigo. No lo decidimos ni tú ni yo. La grieta se mueve.

—Ya, ya. La grieta se mueve. Y nosotros con ella.

***

Amaya no pudo seguir escuchando. Ni a aquellos dos hombres, ni al concejal. Solo se fijó en el bolso de uno de ellos. Era un bolso de colgar y la cinta se podría quitar fácilmente. En un santiamén desenganchó los mosquetes y comprobó que regulando la longitud con las hebillas, le servía de cinto. Como había dicho uno de ellos: es lo que hay. Se alejó sigilosamente hacia su colchoneta hasta que volviera Manuel. No tardó mucho.

—De pie, mujer. Y cambia esa cara. Se acabó la miseria. ¡Nos vamos!

—¿A dónde?

—No te lo vas a creer. ¡Arriba!

—Arriba, ¿a dónde? Yo voy arriba todos los días.

—Arriba a vivir, no a fregar. Ven aquí, reina mía, que si alguien se lo merece eres tú. Mi chica, siempre fregando para esos desgraciados…

—¿Y eso cómo es, Manuel?

—Nos dejan sus casas, ellos se van.

—¿A dónde?

—A la grieta, a arreglar el desaguisado.

—¿Seguro?

—Que sí, que lo ha dicho el concejal. Mira —dijo enseñándole unas llaves—. Me las ha dado esa mujer que dices que te parece horrible. Es la mujer del concejal. Me ha dicho que es la mejor casa de todas, la de más arriba, y que la disfrutes.

—Manuel, es que yo he oído hablar a esos dos hombres y no estoy segura de que…

—¿Qué hombres ni que hombres? ¿Tú es que no quieres irte de aquí o qué?

—Pues claro que quiero, pero es que…

—Vamos. Ni «esque» ni «esco». Mira, todo el mundo se va. No vas a ser la más lista tú y te has enterado de todo cuando ni siquiera estabas escuchando, y los demás somos todos idiotas y no nos hemos enterado de nada.

Todo el mundo, en efecto, recogía sus cosas y se marchaba. Había a la puerta varios vehículos. Nuevos, relucientes. Elegantes. Eran de arriba, sin duda. Había que guardar fila. Unos marchaban y otros llegaban, y la cola avanzaba rápido. Pronto estuvieron subidos en uno. Olía a limpio. Olía a arriba. Olía demasiado bien.

***

Amaya no sabía gran cosa de nada, sin embargo sí había oído hablar de la gran grieta. Escuchaba a los niños repasar sus lecciones mientras fregaba los cristales en la casa en la que limpiaba. Les enseñaban esas cosas en el colegio, en Historia de la Nueva Península. Que antes de llamaba España, o algo así. Sabía que el nombre del gran río se debía a la gran grieta que había unido las cabeceras de dos grandes ríos antiguos, convirtiéndolo en uno solo tras el gran terremoto. Sabía que había muerto mucha gente, no podía ni imaginarse cuánta, ciudades enteras mucho más grandes que Balcón del Espinar, ahogadas o engullidas por la grieta. Sabía también que a veces la grieta se movía. Como si estuviera viva y tuviera que demostrarlo de vez en cuando. El Duebro podía fluir entonces equilibrado en cada una de las dos direcciones o bien verter todas sus aguas hacia un solo lado. Las barreras de contención se encontraban diseminadas a lo largo de Zaramorgolid, la alianza de ciudades muertas. Barreños gigantes en medio de la meseta sin fin, sin nada a su alrededor que mereciera ya la pena salvar de una inundación.

***

La mujer horrible tenía razón en una cosa sí y en otra no. Sí que era la casa más alta; pero Amaya, nada más entrar, supo que no iba a disfrutarla. Desde ahí se veía todo, y todo era más de lo que Amaya hubiera deseado ver jamás. Las aguas abajo no descendían. Al contrario, el nivel había subido.

—Pues claro. Es porque está lloviendo, boba —dijo Manuel—. ¿Qué quieres que haga, si llueve?

La casa no tenía paredes sólidas. Todas las paredes eran cristales, desde el techo hasta al suelo.

—¿Por qué no dejas de mirar afuera? Solo es lluvia. Los armarios están llenos de ropa. Ponte algo bonito.

—¿No se han llevado sus cosas?

—No. ¿Te lo puedes creer? Tienen tantas que les da igual. Hay ropa, hay comida, hay de todo. Es genial.

Amaya rebuscó en el armario de la mujer horrible. Encontró mucha ropa. Se probó mucha ropa. Y siguió sintiéndose horrible. Cuando te visten de mierda, te sientes mierda, pensó. Hay cosas que no cambian ni arriba ni abajo.

***

A la mañana siguiente seguía lloviendo. El círculo concéntrico de casas que formaba el barrio bajo de la ciudad alta había desaparecido. Amaya se tapó la boca con las manos para no gritar. Seguía lloviendo.

—No te entiendo, Amaya, reina mora, de verdad. Ya bajará. Además, ¿qué más da? Estamos arriba. No tiene que llover ni nada hasta que llegue aquí. ¿Puedes dejar de poner esa cara de angustia y venir aquí?

Manuel disfrutaba del sofá mullido y una copa de vino del bueno. Del bueno de verdad. De los de no entender ni qué pone la etiqueta, pero saber que es bueno solo con verla.

—Y quítate ya esa cosa del pantalón. ¿De dónde la sacaste? Me pone muy nervioso cuando parpadea. Tíralo por la ventana.

—¿No has visto que las ventanas no se abren, Manuel?

—Pues tira más fuerte, no me seas floja.

—No se abren. Ni la puerta.

—¿Y para qué quieres salir, con la que está cayendo?

—Estamos atrapados. Es una trampa. Lo dijo el hombre al que le cogí esto.

—¿Se lo robaste?

—Se me caían los pantalones.

—Te di una cuerda.

—Me la robaron.

—Qué hijos de puta.

***

Amaya no se había dado cuenta de que la cinta que le había robado a aquel hombre tenía una lucecita. Pero sí, la tenía. Al final de la cinta, sujeta con una pinza de plástico. ¿Sería algo para hablar o dejar mensajes? Había visto algunos. La luz parpadeaba cuando alguien quería hablar o dejaba un mensaje. El primer día no había parpadeado. El segundo, solo un poco. El tercero, el segundo nivel concéntrico de casas había desaparecido y aquello titilaba como un loco. Normal que a Manuel le pusiera nervioso. A ella también se lo estaba poniendo muy difícil.

—Tíralo al suelo y písalo —dijo Manuel.

Amaya soltó la pinza de la cinta y la sostuvo entre dos dedos. Parpadeaba.

—¿Hola? —preguntó tímidamente.

—Paco, por Dios, por fin, la madre que te parió… ¿crees que estoy yo para que me den estos sustos?

—No soy Paco. Me llamo Amaya.

—¿Y qué haces con el localizador de emergencia de Paco? ¿Dónde está Paco?

—No sé dónde está Paco. Yo estoy en Balcón del Espinar.

—¿Qué? ¿Qué? ¿Qué? ¡Sal de ahí ahora mismo!

—No puedo. No se abren ni las puertas ni las ventanas.

—Sal de ahí, te digo. Ahora. Sal.

—Llueve mucho.

—Va a llover más.

—No puede llover más. Os habéis ido porque lo sabíais, ¿a que sí?

—Mira, Amaya… no puedo hacer nada por ti. No hay medios para evacuar a todo el mundo y hay que elegir. Mi marido hace lo que puede pero no es Dios. No es culpa nuestra, es de la puta grieta. ¿No te basta con estar arriba por una vez en tu vida? Vamos, haz algo por mí. ¿Sabes dónde está mi marido? Llevo dos días sin poder hablar con él.

—¿Cómo te llamas?

—Y a ti qué cojones te importa.

—No sé dónde está tu marido. Pero si lo supiera igual no se lo querría decir a alguien que me trata como si fuera mierda. Pero como dijo él, igual son las hormonas, Miranda. Suerte con el bebé. Y dile a Paco, si le encuentras, que no vuelva a decir que te va a ahogar, ni aunque sea broma. Esas cosas no se dicen ni de broma.

Tiró el comunicador al suelo y lo pisó sin esperar respuesta. El tercer círculo de casas había desaparecido.

***

El agua llevaba ya a la mitad de los cristales. Y subía, seguía subiendo. Cada vez más rápido. Amaya no podía saber quién tenía la culpa de aquello, si la grieta, la lluvia o los hijos de puta de arriba. Pero ya no tenía solución ni remedio.

—¿Por qué rompiste aquello? Ahora podríamos estar pidiendo ayuda. Esto se pone muy feo.

—Me dijiste que lo hiciera, Manuel.

—Aguantaremos. Estas casas son buenas, no como las nuestras. Las puede pasar un poco de agua por encima sin que se partan.

Amaya no confiaba mucho en ello. Por eso se había puesto aquel vestido tan bonito de aquella mujer horrible. Era rojo y tenía lentejuelas. Era suave por dentro y áspero por fuera. No era azul, pero era bonito. Seguro que además era caro, no como su chándal azul. Le hubiera gustado llevarlo puesto. Pero no podía ser.

Se puso un poco de vino del bueno en una copa. Una copa bonita, reluciente. Olía bien, era de arriba. Olía demasiado bien.

Los cristales estallaron.

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