Los clásicos

Hace poco leyeron mis pobres ojos un hilo en Twitter que me entristeció mucho. La prepotencia, malas maneras e incluso los insultos de este señor tan seguro de qué es la literatura de verdad (marca registrada) al que Kate Lynnon le dedicó esta entrada seguramente han convencido a no pocas personas reticientes a no acercarse a un clásico ni para tocarlo con un palo.

Y ahora es cuando los demás salimos a la plaza y tenemos que contrarrestar el daño… o al menos intentarlo. Esta entrada la escribí para Paraíso4 allá por el 2013 y creo que tiene todo el sentido recuperarla ahora, ya que ando releyendo para el Club de Lectura Marcapáginas de la Biblioteca Pública de Valladolid El jugador (Fiodor M. Dostoievski) y estoy disfrutando como una gorrina.

Nunca he tenido con ellos una relación de amor verdadero. Más que atracción, sentía por ellos respeto, como por las personas mayores de canas venerables y presencia seria. Pero ahora que me miro en el espejo y asoma algún hijoputa pelo blanco y cada vez me cuesta menos levantar la ceja izquierda (años de práctica han acabado cincelando esa mueca escéptica en la cara) los empiezo a contemplar desde una nueva perspectiva. Empiezo a notarlos menos distantes, más accesibles.

No por eso pretendo hacer un encendido elogio a sus virtudes, se defienden muy bien ellos solitos. El agua tiene algo cuando la bendicen. Una obra que ha traspasado las barreras del tiempo y el espacio, y que ha trascendido a su autor geográfica y temporalmente, no hay que explicarla ni justificarla, se avala ella sola. Me cuesta pensar qué obras actuales serán clásicas dentro de cien o doscientos años. Además, prefiero no hacerlo porque me deprime, y el único alivio que encuentro es que mis ojitos no han de verlo.  Otra de las virtudes de esta democratización dos-punto-cero de la cultura es que los clásicos del futuro serán también democráticos y eso me da mucho, mucho, muchísimo miedo. Ahora bien, también me la suda ampliamente, por el motivo ya citado, que ni malvas creo que para entonces me críe la tierra echada por encima. Vamos, que no es asunto mío.

Lo que sí espero es que no pierdan algo que los caracteriza en esencia y es lo que crea auténtica afición su causa: la capacidad para sorprender. Hoy en día es muy habitual que las novedades editoriales vengan calificadas como «deliciosa historia», «intenso drama» y sobre todo «frescura» (¿Qué rehostias será eso de la frescura, en un país donde se publican 80,000 títulos al año?). Sesudos estudios de marketing confirman que el 90% de los redactores de notas de prensa no consultan diccionarios de sinónimos. Los reseñadores tampoco se libran: «engancha», «imprescindible», «personajes inolvidables»…

Si fuera posible recuperar el auténtico significado de esos términos, si su abuso no los hubiera desbastado hasta dejarlos reducidos a una ridícula burla de su semántica, ese pelotón de bondades estrictamente se lo tendríamos que aplicar a obras con dichas cualidades contrastadas en el tiempo y en el espacio, a las que llevan sus bondades cinceladas en piedra, y no a las que se las escribimos con rotulador sobre la cubierta de plástico. Nuestras historias «inolvidables» de hoy en día se desvanecen en unos meses fagocitadas por la voracidad de la rueda mercantil. Y de la siguiente hornada, se vuelven a proferir exactamente las mismas pavadas huecas.

¿Sabéis qué es un clásico? Es ese libro que engancha de verdad. Lo lleva haciendo siglos con millones de lectores en todo el mundo. Está avalado, contrastado y demostrado. Y tanto que imponen respeto, nos miran desde arriba, por encima del hombros, como a lo que somos, míseros mortales. No nos suplican que les prestemos atención, no necesitan etiquetas ni mercadotecnia. Nos retan con soberbia: «al pan vendrás, cuando tengas hambre de verdad»; Tienen todo el tiempo del mundo para esperar su momento. Ignoran con la altivez de la superioridad a quienes los desprecian o pasan de largo.  Se mean en el marketing, los circuitos comerciales y las ventas, están por encima de esas vilezas terrenales. 

Pero esta distancia no es eterna para el lector mortal, para el lector que les tuvo miedo de niño, para el lector que les tomó manía manifiesta de joven. Este lector si de verdad lo es en algún momento supera el rencor creado por la imposición y la barrera del respeto, incluso la del miedo. Y no le queda más remedio que acercarse después de muchas lecturas dando tumbos por supuestas obras maestras etiquetadas al tuntún como lo que no son, buscando la esencia, buscando la verdad. Buscando a los maestros, a los que inventaron cómo hacer de la literatura esa cosa maravillosa de la que uno se puede enamorar. Amor verdadero, del de verdad, del bueno, bueno; del que solo se vive uno en la vida y dura para siempre, no revolcones de cuarto de baño de bareto.

Entonces ese rostro seco y apergaminado de expresión adusta se dulcifica y traza una sonrisa sincera que nos resulta familiar, como de haber llegado a casa después de muchos tumbos, aventuras, vicisitudes y lanzamiento de balidos perdidos al viento.  El apretón de manos es firme, seguro, convencido. El abrazo es envolvente y cálido, de quien lleva mucho tiempo esperándote y se alegra de verte. Y os aseguro que el sentimiento es mutuo.  Y como el amor verdadero, el bueno de verdad, el de para siempre: es gratis.

Así que señoras y señores, niños y niñas, sin más preámbulos y con todos ustedes, en descarga libre, gratuita y legal, sin trampa ni cartón, sin red y en directo riguroso: los clásicos. Acérquense, vean, toquen, lean: no muerden. http://dominiopublico.es/

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s