Breve aproximación a la Ciencia Ficción

Esta entrada no tiene mucho sentido para alguien que conozca el género, pero condensa las ideas que me suelen resultar útiles para explicar la ciencia ficción desde muy abajo y cero a personas que no la conocen, o peor, creen que la conocen pero están inmersos hasta las cejas en ideas tan absurdas sobre lo que es (y no es) la ciencia ficción. No se me ocurriría contarle esto a una audiencia como el público asistente al Celsius, o a una Hispacon. Este público viene enseñado de casa. Con el público que solemos tener en nuestras ferias y presentaciones… ¡ojalá empezáramos de cero! en vez de a pelear contra los prejuicios, las ideas erróneas preconcebidas, los estereotipos absurdos… y bueno…

No voy a ser yo quien defina ahora mismo, así, en un momento y sin despeinarme, qué es ciencia ficción y qué no, después de todas las definiciones que han dado del género tantos autores, editores, y estudiosos del género. Ni pretendo enmendarle a nadie la plana. Esto es, nada más ―y nada menos, porque es jodido― una primera aproximación a explicarle la ciencia ficción al público más hostil posible. Empezando de cero. Muy de cero. Tan de cero que…

Tan de cero como de segundo de la ESO, más o menos. De un libro de segundo de la ESO es de donde hay que empezar por el principio: que le llamamos género comúnmente a muchas cosas, pero los géneros literarios son tres: lírica, dramática y narrativa. No hay más ni se les espera. Bueno, si queréis admitimos didáctica como animal de compañía, no sea que los ensayos ahora se escriban en verso, es decir, que no sean narrativa. Pero bueno, yo qué sé. Que os estoy diciendo que mi fuente primaria es un libro de segundo de la ESO.

Ay, que me despisto… lo subgéneros. Vale. Ahí van los narrativos: épica, epopeya, cantar de gesta, cuento, novela y la fábula. Bueno, bueno, bueno. Vaya, vaya. Nada de ciencia ficción de momento. Ni de fantasía, ni de terror. Ni de nada de lo que hoy llamamos género (ni policiaca, ni histórica, ni romántica…) En fin. O sea. No nos pongamos nerviosos, no hay por qué. Vamos a ver. ¿De qué hablamos hoy en día, cuando hablamos de género literario? Pues hablamos de otra cosa: de un canon y un corpus.

Gusa, qué te pasa en la boquita. Escupe y habla bien.

Sin problema, ya voy.

Un canon es un conjunto de características que de estar presentes en una serie de obras las hacen merecedoras de pertenecer al corpus. El corpus es el conjunto de obras que por tener las suficientes características del canon pertenecen al corpus. Fácil, ¿no?

Gusapira, eres muy troll.

Oh, gracias, se hace lo que se puede.

Así, a lo gordo, la ciencia ficción es un conjunto de obras que reúnen una serie de características que hacen que las consideremos ciencia ficción. La siguiente pregunta es cuáles son esas características, cuáles son estas obras. Y aquí nos vamos a remitir a de quién es hija la ciencia ficción, porque lo contrario sería olvidar el rostro de tu padre.

Yo cito a Stephen King cuando me da la gana. La ciencia ficción ahora os cuento de quién es hija, pero yo, al menos literariamente, lo soy del terror.

La madre de la ciencia ficción es Mary Shelley la Revolución Industrial. Shelley parió a Frankenstein, una novela maravillosa, avanzada a su tiempo, un clásico que ha traspasado todas las fronteras que se pueden traspasar desde las páginas de un libro hasta llegar al formar parte del imaginario universal de monstruos. Pero es «solo» una novela. No quiero que parezca que le hago de menos al decir que es «solo» una novela a una de las novelas, probablemente, más influyentes de la historia de la literatura. Es cuestión de cantidad, que es solo es una novela. Una. Además, tiene elementos del canon asignados a posteriori, cuando ya existía el corpus. Y eso no se vale. Jesucristo no era un hippy por llevar greñas.

La ciencia ficción fue una tendencia, un movimiento, una corriente artística y estética, hija, como todas las tendencias, movimientos y corrientes, de su tiempo, de su contexto geográfico, político y social; no de una persona ni de una obra, ni siquiera de una tan grandérrima y a que amo tanto que me ha dolido escribir el párrafo anterior.

Volvamos a la Revolución Industrial. ¿Podéis poneros por un momento en el lugar del primero tipo o tipa que al accionar un botón contempló, con los ojos abiertos como platos, que se encendía la luz?

Tercera ley de Clark. Hay otras dos, pero sospecho que a todo el mundo se la pelan lo suficiente como para atribuirle esta a Asimov, famoso autor de tres leyes, sí, pero no estas.

Poneos, si podéis, en el lugar de la primera generación de humanos que vio magia de verdad y en directo. Tecnología, lo llamaban. Pero, ¿qué podían ser todos aquellos prodigios, se llamaran como se llamaran? En Inglaterra, eso sí. Porque en España se llamaba brujería si no era católico, apostólico y romano; entonces tenía que ser diabólico.

En donde no tenían estos rigurosos problemas de poder ser torturados por la Inquisición se activó una sensación poderosa de qué otros prodigios no serían posibles. No era magia mover una máquina con vapor. ¡Era tecnología, y era real! Los eventos científicos, las exposiciones universales, congregaban a un gran público generalista ―no solo a la comunidad científica― con ansias de ver maravillas, más maravillas, en cada una de sus ediciones. No es de extrañar que surgiera uno de los grandes pilares de la ciencia ficción: la anticipación. Aunque yo lo llamaría, con más propiedad, «la proyección hacia delante cuando acierta».

Verne no era ningún visionario; era un gran seguidor de todo lo que se presentaba en sociedad por parte de la comunidad científica, a pesar de tener ninguna formación técnica ―cursó abogacía con poco estusiasmo, más por la financiación paterna que le reportaba que por vocación―. Su imaginación le llevaba a proyectar hacia delante, a pensar en esos avances, con esos inventos qué podría llegar a hacerse. Hablamos de «anticipación» o de «ser un visionario» cuando esta proyección hacia delante acierta, es decir, pasa el tiempo y oh, algo de esta proyección especulativa (ay, no quería decir esto todavía) se materializa. Una mente creativa a la par que lógica puede usar los conocimientos de hoy para proyectar hacia delante con una cierta coherencia qué puede salir de ahí mañana. Son hipótesis, sí, pero fundamentadas. Haciendo las suficientes alguna va a ser cierta. A lo mejor es por esto por lo que Francia contrata escritores de ciencia ficción para predecir el futuro ―¿esto antes no era magia, «mancias»?― y yo siempre digo que la ciencia ficción es el caldero donde burbujean las ideas en las que se cocina el mundo del mañana. Las tenemos delante de los ojos, solo que todavía no sabemos cuál es la cierta. Probablemente no lleguemos nunca a saberlo, palmaremos antes (si el transhumanismo no lo remedia derrotando a la muerte, como preconiza que es posible hacer…) pero todos los que leemos ciencia ficción sabemos, sin ninguna duda, que la máquina del tiempo existe: en algo de lo que hemos leído hemos viajado ya al futuro. Los lectores de Verne viajaron con él a La Luna, cosa que no sucedió hasta 1969. Todos quienes leemos Ci-Fi hemos estado ya en algo que va a suceder. ¿Y si no lo sabes, pero ya has sido inmortal? ¿No es maravilloso?

Sin embargo lo más cerca que he estado del centro de la tierra, las cuevas de Valporquero (León). Lo dicho: hipótesis fundamentadas. Tú haz muchas, que acabas acertando.

No, tampoco es todo tan maravilloso. Esta primera ciencia ficción luminosa, como no, tuvo también su lado oscuro. ¿Sabéis de algún momento histórico en el cual no haya existido una aversión, racional o irracional, al avance o al cambio? Yo tampoco. De hecho, igual que la ciencia ficción es hija de la Revolución Industrial, el terror lo es de la Ilustración. Todos los fogonazos de luz acentúan las sombras. Otra ciencia ficción se preguntaba por los límites éticos de la tecnología y los abismos oscuros a los que podía arrojarnos. Elemento que, en todo su romanticismo de manual, también estaba presente en el Frankenstein de Mary Shelley. Especulemos, pues, ―ahora sí, especulemos― pero desde la perspectiva ceniza de la vida. Pongámosle cara desagradable, siniestra y malvada al progreso. Alertemos de lo peor, pero que de lo peor de lo peor, que nos puede pasar en el peor de los escenarios posibles, de cómo la humanidad se encamina a su destrucción. Podríamos decir que H.G.Wells pasa por las dos fases descritas, una más optimista y luminosa (La máquina del tiempo) y otra más pesimista (La guerra de los mundos) e incluso siniestra (El hombre invisible).

Y bueno: ahí es donde nos ponemos distópicos y apocalípticos. Sobre todo los ingleses, que para eso estaban inmersos en su primera guerra mundial (pobres, sin experiencia ni nada), y después en la segunda (aunque no es que la experiencia previa les sirviera de mucho) muy necesitada de propaganda y de quien la escribiera para alertar contra todo lo antipatrióticamente oscuro que se podía cerner sobre los ingleses de bien, no como otros ingleses (los procomunistas) recogidos en listas que Orwell ayudó a redactar ―aunque sin querer, todo hay que decirlo―. Curioso tipo, el Orwell éste.

¿En serio, Jorge?

Sin perder de vista esta raíz europea de la ciencia ficción, y que en ningún momento va a faltar producción, sobre todo en Francia e Inglaterra, pero tampoco en la Europa central y oriental (recordemos que el término «robot» lo acuñó el dramaturgo checo Karel Čapek)… Saltemos el charco, vamos a ver qué andan haciendo los yanquis.

Si hay un personaje al que podemos considerar el inventor la ciencia ficción, o al menos del término science fiction que hemos calcado ―más que traducido― al español, este es Hugo Gernsback (sí, ese Hugo, el de los premios Hugo). Nacido en Luxemburgo, se traslada a Estados Unidos en 1904 y su intensa actividad como editor de publicaciones periódicas lo convierten en una de las figuras más relevantes de la época y el principal artífice de la popularización de la ciencia ficción en uno de los formatos que han contribuido de forma indiscutible a hacer de la ciencia ficción lo que es hoy en día: la novela corta (la short story anglosajona) y el relato (las short-short story).  Tal vez su publicación más icónica fue Amazing Stories, tras la cual llega Astounding (más tarde rebautizada como Analog) de la mano de otro editor con nombre de premio, John W. Campbell. Por las páginas de estas publicaciones y de tantas otras que bullían en dicho periodo, entre las que ya estoy tardando en citar Weird Tales, pasa el quién es quién de una generación de producción frenética: Lovecraft, Howard, Ashton Smith, E.E. Doc Smith, Heilin, Asimov… El listado sería interminable de citar. Por eso hablamos de «época dorada», aunque también de la famosa salida de pata de banco de Sturgeon: «El noventa por ciento de la ciencia ficción es basura», y su famoso corolario: «el noventa por ciento de TODO es basura».

Creo que este es el momento oportuno, al menos en la línea temporal, para detenernos a explicar por qué tanta y tanta gente identifica ciencia ficción con «marcianadas». Porque algo de explicación sí tiene.

La ciencia ficción tiene varios subgéneros definidos por ideas temáticas o arcos argumentales recurrentes. Uno de ellos, posiblemente el más popular durante los años 40, 50 y 60, es decir, esta época de auge que llamados «época dorada» fuera el Space Opera. El término lo acuña Wilson Tucker en 1941 haciendo una especie de juego de palabras con los Soup Opera, seriales radiofónicos patrocinados por marcas de detergente. Estas novelas son esencialmente de aventuras en el espacio algo pueriles, y desde luego con pocas aspiraciones literarias: son casi como novelas del oeste (también muy populares en la época) pero quitando los caballos y revólveres para poner naves espaciales y rayos láser. De ahí el cierto descrédito que tenían en su momento, merecido en un primer momento e injusto después, ya que durante la época de lo 50 y 60 «maduran» y dan lugar a obras con mayor contenido científico y solidez argumental.

¿Por qué se hicieron tan populares estas space opera, si eran tan cutres? Pues muy fácil. ¿Qué hemos dicho sobre el origen de la ciencia ficción como género en la revolución industrial y en cómo las maravillas presentes espoleaban la imaginación proyectándola hacia delante, pensando en nuevas maravillas? ¿Qué hemos dicho antes de que las tendencias se dan en un contexto histórico y geográfico por algo? ¿En qué año llegó Estados Unidos a la luna? Ergo, en las décadas precedentes, ¿qué tenía a la americanada engorilada con ese patriotismo suyo fervoroso tan enervante para esta europea que suscribe y transcribe? Pues eso: la carrera espacial.

No solo Estados Unidos tuvo una gran producción de ciencia ficción relacionada con los viajes espaciales. Rusia también. Pero adivinad qué: guerra fría, telón de acero… Toda esa ciencia ficción rara vez salió de Rusia, si exceptuamos a Isaac Asimov (bueno, en realidad fue él quien salió de Rusia) debido al bloqueo económico. Tampoco había mucha disponibilidad de traductores del ruso, y de hecho la mayoría de textos que se pueden encontrar hoy están traducidos primero del ruso al inglés y después al castellano. Es por esto que durante la década de los 50 y 60 nos inundó una auténtica ola de space opera yanqui, no solo en novela, relato, cómic, cine, televisión… y tal vez esto haya creado en la mente de toda una generación esta visión parcial, raquíticamente parcial, de la ciencia ficción como viajes por el espacio, obras de poca profundidad y escasa entidad literaria. Lo eran. Pero en muchas de estas obras no faltaba lo que se llama el cliffhanger: todo parece perdido (el héroe pende del abismo aferrado a una raíz de árbol al borde del precipicio, el plano se corta justo cuando la mano se suelta, y entonces…)

Llega al rescate de la ciencia ficción la nueva ola. No podía ser de otro modo: daos cuenta de que si lo que en su momento era un sueño inalcanzable ya no lo es, porque lo hemos alcanzado, eso ya no es ciencia ficción. Uno de los motivos por los que la ciencia ficción es tan difícil de definir porque sus límites se mueven constantemente.

Si hemos nombrado a Gernsback y Campbell como los editores artífices de la época dorada, el abanderado de la nueva ola sería otro editor: Harlan Ellison. Ellison no solo creó un nuevo concepto de antología con su irrepetible Visiones Peligrosas si no que espoleó la producción de nuevos paradigmas para la especulación científica ampliando en concepto de «ciencia». Así, se empieza a denominar hard (dura) a la ciencia ficción alrededor de ciencias puras (física, química, biología, tecnología) y soft (blanda) a la rama de las ciencias sociales (sociología, antropología, historia, psicología, filosofía…). Esta irrupción de nuevos autores con nuevas temáticas, la mayoría incómodas para el americano medio de la época (racismo, pacifismo, feminismo, ecologismo, cuestionamiento del colonialismo…) no solo fue necesaria si no que a final de los 80 ya no se designaba como soft, sino que ya se consideraba integrada en la ciencia ficción, sin más. En cambio, hard sí se sigue aplicando.

La ciencia ficción desde entonces hasta ahora no ha tenido ningún gran cambio que la sacudiera de manera tan radical como los que hemos explicado. Durante los años 70 y 80 se habla de la época «madura» en contraposición a la «clásica» haciendo alusión a autores que buscan en sus novelas armonizar la ciencia ficción como literatura «de ideas» con una cierta brillantez literaria.

Durante las siguientes décadas, sobre todo, se desarrolla y ramifica creando nuevos subgéneros cuyo entramado específico es cada vez más difícil de distinguir. Entre los más populares por su gran influencia en la estética cinematográfica podemos citar el cyberpunk. El número de etiquetas aumenta cada día exponencialmente (es particularmente mareante la maraña de «cosaspunk»: cyberpunk, greenpunk, dieselpunk, steampunk, hopepunk…), lo cual podría llevarnos a abrir el debate sobre si es necesaria tanta etiqueta. Yo creo que lo cierto es que una de las características contemporáneas del género es que es más difícil de definir que nunca, no solo por su constante e intrínseca redefinición, si no por la cada vez más difusa frontera con géneros afines y aledaños como la fantasía y el terror. Hay que habla de «géneros híbridos», que también puede valer, aunque a mí me parece más un fenómeno de superposición fronterizo. Si marchas para Sanabria, ay, galán, qué telares, acabas falando galego.

La ciencia ficción, además, durante las décadas de los 90 y primeros albores del siglo XXI se expande satisfactoriamente de forma transversal a prácticamente todas las formas de cultura popular y de ocio: cine, TV, cómic, rol, videojuego… Creo que no es descabellado decir que hoy en día la ciencia ficción ha salido del nicho del frikismo para entrar de lleno en el mainstream, para alivio de todos los que hemos crecido apuntados con el dedo como bichos raros. Y para enfado de los que al no ser su juguete marginal  ya no pueden sentirse únicos y especiales jugando con él. Ya sabéis: si es lo bastante popular no puede ser bueno.

Si queda una barrera por romper creo que es la literaria. El hecho de que los subgéneros fantásticos hayan estado históricamente desterrados de los itinerarios académicos los despoja de la dignidad de «literatura de verdad, de la buena, Trade Mark, todos los derechos reservados»… Pero… volvemos al borde del precipicio, a esa mano temblorosa asiéndose a los hierbajos antes de precipitarse al abismo… ¡no se pierdan el próximo episodio!

Esto está cambiando. Vamos a plantarnos ahora en España, a finales del 2019. Lo fantástico se abre paso entre la comunidad académica. Surgen en varias universidades españolas (León, Barcelona, Sevilla, Alcalá de Henares) grupos de investigación de los géneros llamados «no miméticos» (no realistas, para entendernos) que organizan sus jornadas, congresos y en los que nos encontramos por primera vez con ponentes de «este lado» (el académico) y «el otro» (el friki), es decir, el habitual del fandom, las convenciones como la Hispacon y los festivales lúdico festivos como el Celsius. A Teresa López-Pellisa y Emilio Bueso los podemos encontrar tanto en el congreso Figuraciones de lo Insólito (ULE) como en la carpa de presentaciones de Avilés. A Guillem López lo adoramos tanto la crítica y la industria editorial como el público del fandom. En España con todo lo fantástico hemos ido siempre algo así como un siglo tarde. ¿Y si estamos ahora en nuestra «época dorada» de la ciencia ficción? ¿Y si se avecina una próxima etapa de nueva ola y madurez? Y sobre todo, ¿será posible que estemos antes ese momento dulce en el que por primera vez se aproxime la fractura entre estos dos mundos tan irreconciliables como la «alta literatura» y la ficción especulativa?  Especulando por especular, yo diría que…

Bibliografía: Conocer la ciencia ficción, una bibliografía básica.

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