Emilia Pardo Bazán, vista por Cristina Fernández Cubas

Revisión de la biografía escrita por Cristina Fernández Cubas, escrita para El Vals de la Araña en 2017.

No pretendo vender a «la Pardo Bazán» —explicación al entrecomillado un poco más abajo— como una autora de género fantástico, hasta ahí me llega la poca vergüencita que sí tengo. Es lamentable que en España no tuviéramos un Romanticismo y Postrromanticismo como Dios manda comparado con el vigor de la producción europea y americana, pero ya no tiene remedio. Y no, ese remedio no pasa por tomar algunos relatos como estandarte de lo fantástico en el conjunto de una obra fundamentalmente naturalista.

Pero es lo que tenemos y no debemos olvidar que está ahí. Esos pocos destellos es todo nuestro capital, así que como tales, como las perlas raras que son, hay que mimarlos. «La Pardo Bazán», además de legarnos relatos memorables, nos ha legado una vida que merece la pena repasar.

«La Pardo Bazán». Fernández Cubas confiesa en la introducción que durante toda su vida estudiantil esos retratos de señorona rotunda, gruesa, con cara de pocos amigos, y el tratamiento de sus obras por parte de los docentes no le inspiraban a llamarle otra cosa a la autora de Los pazos de Ulloa. Poco más crédito se le concedían y no parecían reclamos demasiado atractivos ninguno de los dos para acercarse a su figura con simpatía. Después de unas someras búsquedas en Google, he de decir que estoy de acuerdo.

Pero si soslayamos este escollo, lo primero que nos vamos a encontrar es con Emilia Antonia Socorro Josefa Vicenta Eufemia Pardo Bazán de la Rúa-Figueroa. Así que casi mejor sí, por economía del lenguaje, dejarlo en «la Pardo Bazán».

Emilia, por si no se había notado un poco por la ristra de nombres de pila, nace en una familia noble en la que cuenta con toda clase de oportunidades para hacer lo que desde muy joven le gusta y apasiona: leer, escribir, formarse, pensar y debatir, con un ardor y un entusiasmo muy poco femenino, sin duda… pero sin ninguna cortapisa por parte de su familia, ni siquiera por parte de su marido, un joven estudiante con el que se pacta el matrimonio cuando ella solo cuenta con dieciséis años. Al contrario, esto le da acceso a ideas y conocimientos de los estudios universitarios de él, oportunidad de viajar a Madrid, París y Roma, y ella no desaprovecha ninguna. Alterna la publicación de novelas con el periodismo y los ensayos, su nombre empieza a sonar. No siempre para bien, no termina de caer del todo bien en algunos círculos de la época que una mujer tuviese el papel activo que Emilia no dudaba en tomar en la vida pública, las tertulias y el panorama editorial. Y, de repente, en 1883, patabúm.

Emilia publica, prologado por Clarín, La cuestión palpitante. En esta obra reunía una serie de ensayos ya publicados anteriormente, es decir, nada nuevo bajo el sol, en los que analiza las claves del naturalismo francés a través de las obras de Emile Zola. Pero de pronto, todo el mundo se vuelve loco. El naturalismo es considerado un movimiento ateo y pornográfico y doña Emilia es una señora casada, madre de tres criaturitas, hombre por favor. Se desata una oleada de críticas que ríase usted de los linchamientos digitales en Twitter. Le dicen de todo menos bonita, pegan fuerte y desde todos los frentes. Su propio marido le exige abandonar sus actividades literarias, abochornado por el revuelo. Hasta ese momento, Jose Antonio de Quiroga y Pérez de Deza, siempre la había apoyado. Pero esto fue demasiado, le vino grande y se vino abajo moralmente, y arriba con el papel de marido «aquí mando yo» que nunca había ejercido. Le salió mal. Ante este ultimátum, «me planto», Emilia hizo lo único que se podía hacer.

«Pues si te plantas, anda y que te rieguen».

La pareja se separa de forma amistosa y entonces es cuando Emilia… se suelta la melena. Metafóricamente hablando, se entiende, después del visionado de las fotografías anteriormente recomendado.

Una vez puesto el mundo por montera, y como ya le habían metido todas las hostias que le tenían que meter sin dejarse ni una, no le dolió ninguna prenda a la hora de provocar, transgredir y rebelarse. No duda a viajar a Roma, a entrevistarse con la curia papal, acerca de la impropiedad de La cuestión palpitante. Vuelve de allí con veredicto favorable y una sonrisa de puerca satisfacción para lucir en el futuro ante sus detractores.

Posteriormente, crea Marianeda, ciudad imaginaria donde no cuesta ver La Coruña, donde se desarrollan muchas de sus historias protagonizadas por mujeres sometidas al peso social de sus roles y donde podemos empezar a vislumbrar terrores domésticos en relatos como El indulto.

Con Los pazos de Ulloa se consolida su valía como escritora. Esta gran obra gozó de una gran acogida de público y crítica que Marcelino Menéndez Pidal no dejó pasar sin tachar a Emilia de prepotente, sobrada, pedante e incluso afirmar que el prólogo de la obra, unos breves apuntes biográficos de Emilia, demostraban claramente la inferioridad intelectual de las mujeres. Haber recibido instrucción, viajado, hablar idiomas y tener una amplia biblioteca es lo que tiene. Anotad, chicas. Ahí queda eso. Entre unas cosas y otras, sin olvidarnos del sentido del humor (no sea que además vayamos a ser unas amargadas, ¿no?) Emilia escribe el delicioso relato Feminista. Cosas que pasan al sentarse a escribir con los colmillos goteando.

Emilia, rabo de lagartija, no deja de dar guerra hasta el final de sus días. Asumido que su papel molestaba a cierto sector, afirmaba que «Queda lo escrito, lo demás no queda. Yo defiendo mis ideas, mis libros que se defiendan solos». Entre sus muchas batallas ganadas no debemos olvidarnos de las perdidas: no consiguió llegar a Real Academia, con la oposición manifiesta incluso de algunos de sus defensores. Muy bonito todo, pero ¿mujeres en la Academia? ¡No! Tampoco logró que prosperase la candidatura de Concepción Arenal, con la que se volcó con igual ahínco que con la propia.

No todas las batallas se ganan, Emilia. Y no pasa nada. ¡Bastante hiciste en aquel momento y contexto! La mía hoy es que detrás de esas fotos de señorona rotunda te vean a ti, «la Pardo Bazán», a la mujer a la que nada ni nadie se la puso por delante a la hora de defender en aquello que creía… ni de escribir lo que quería.

La biblioteca virtual Cervantes cuenta con una base de datos estupenda con una cantidad ingente de relatos (escribió más de quinientos) de Pardo Bazán. Entre ellos encontramos un catálogo de temas y estilos variado, al contrario de lo que se podría esperar de una autora naturalista. Hay relatos como La cana, con tintes de novela negra; La resucitada, terrible cuento en el que una mujer regresa de entre los muertos pero se enfrenta al rechazo que les produce a sus seres queridos semejante aberración sobrenatural; o relatos de ambientación remota próximos al gusto romántico por las leyendas exóticas, como El pozo de la vida. Este último da título a El pozo de la vida y otros cuentos trágicos, última obra publicada por la autora en vida. Consta de veintisiete cuentos publicados entre 1902 y 1911, compilados por ella misma.

¿Queda algo más que decir, aparte de recomendar leer a la Pardo Bazán, hijos del alma?

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