Los huesos muertos del rey olvidado en la catedral del mar

Apenas escribo ficción últimamente. No me motiva ni apetece. PERO (joder, siempre hay un pero) esto acabo de encontrármelo en un marasmo de archivos de word llamados «Nuevo Documento de Microsoft Word» que estaban pidiendo a gritos ser borrados.

Ni siquiera recuerdo haberlo escrito, pero sí de dónde salió. Hace meses en el Club de Lectura del Banco del Tiempo estuvo muy reñida la votación para elegir la nueva lectura del mes. Los candidatos eran Sobre los huesos de los muertos, de Olga Tokarczuk; Olvidado rey Gudú, de Ana María Matute y La catedral del mar, de Ildefonso Falcones.

Como la votación estaba reñida alguien hizo la composición de los títulos y dejó caer que como disparadero para escribir algo prometía.

No sé si alguien del club ha llegado a escribir algo, y sospecho que esto que escribí en su momento está incompleto y abandonado; si no, no estaría oculto bajo un «Nuevo Documento de Microsoft Word». Lo que sí sé es que así se va a quedar, porque no tengo la menor intención de retomar la historia que está detrás de este fragmento, que me aspen si recuerdo cuál era (aunque me lo puedo imaginar, y esto no hace más que quitarme las ganas de meterme ahora mismo precisamente en ese jardín).

Y bueno, queridos compañeros y compañeras de Club: reactivo el reto.  Porque hoy es el aniversario del reto escritor por excelencia, aquel verano lluvioso de 1816 tal día como hoy el insoportable, arrogante e insufrible pedante de George Gordon Byron hizo algo bueno por la humanidad y fue retar a los habitantes de Villa Didorati. De ahí salieron El Vampiro de Polidori y el monstruo de los monstruos, Frankenstein de Mary Shelly.

Los demás o se rajaron o escribieron basurillas. Los retos es lo que tienen.

Ahí lo lleváis.

Cuentan los viejos que un día un hombre regresó a los muros quemados de la fortaleza de la Luna, y que nunca un ascenso hasta la colina donde yacían sus ruinas había sido tan penoso, porque no hay piedras tan negras y frías como las del alma de quien lleva el peso de los tiempos felices muertos.

Este hombre, dicen, era alto como un titán, fuerte como un gigante, y comenzó a desmantelar lo que quedaba del castillo piedra a piedra. Cada día emprendía el camino desde la colina hasta el mar con las losas a cuestas, a rastras cuando no podía con ellas. Empujaba, maldecía, se tropezaba y levantaba. Y dejaba las piedras sobre un espigón desde el que la vista era hermosa. Tras un breve respiro mirando al mar volvía a por más. Sin descanso, de día y de noche.

Dicen que jamás dejó que le ayudaran a llevar las piedras, prestaran auxilio a las manos rasgadas y el espinazo doblado, o le dieran de comer y beber. Cada vez tardaba más en transportar las piedras grandes. Cada vez las piedras eran menos, y más pequeñas.

Cuando consumido y decrépito, a punto de desfallecer, dejó la última piedra del castillo sobre el espigón, solo entonces, pidió una cosa a las gentes del lugar: perdón y olvido. Pero en el idioma local esas palabras se decían «piedra y cincel».

Dicen que esa noche lucía la luna de los insensatos, aquella que solo ilumina a quien está listo para completar su camino sobre esta tierra ya que bajo su resplandor se contempla el estrecho pasillo por el que se unen los dos mundos, y no es sensato mirar al otro lado. Dicen que el hombre sonrió y saludó hacia allí. Se afanó durante la noche, alumbrado por la luna, en completar la inscripción. Lo estaban esperando.

«Los huesos muertos del rey olvidado trajeron las piedras aquí».

Y no se volvió a saber más del hombre, pero sí de aquella formación rocosa puntiaguda a que los paisanos llamaban la catedral. Y dicen ―dicen― que cuando la luna sonríe, insensata, entre sus pináculos, se muestra el estrecho pasillo del olvido y las almas de quienes llegan ahí apesadumbradas se pierden en el mar.

Y tal vez, solo tal vez, debáis leerlo acompañado de esta canción.

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