Relato roto: El marido de Naama

Ayer, durante la tertulia mensual de la Asociación de Castilla y León de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror, salió a colación Naama, un personaje cuya historia me cautivó.

Como otras tantas mujeres cuyas historias no debían interesarle mucho a los señores que elegían el canon bíblico, de Naama solo he encontrado referencias apócrifas «de la tradición judía».

En seguida supe que tenía que dedicarle un relato, al que erróneamente (muy mal, Gusapira Infecta) llamé «La mujer de Noé». Error subsanado.

Sin embargo este relato está roto porque me he metido en un jardín narrativo para el cual no encuentro un desenlace satisfactorio. He planteado un conflicto tan potente que no sé cómo salir de él sin un socoorido Yahvé ex machina (que me parece todavía más vomitivo que la serranada de «todo ha sido un sueño» o andar perdidos entre la vida y la muerte seis temporadas después de estrellarse el avión y flipar con osos polares. (Siempre he pensado que antes de escribir lo de los osos polares un guionista (o más) gritó: ¡Sujétame el cubata!)

Aquí os dejo a Naama y me alegraría mucho si alguien le da un final decente a esta historia. Quien guste puede usar el texto libremente siempre que no se le ocurra la mamarrachada suprema de registrarlo con su nombre.

Hasta otra, Naama. Sé que volveremos a vernos.

***

Naama estaba preocupada. Su marido jugaba con la comida en el plato sin terminar de tomar partido por engullirla o aborrecerla para irse a orar con el gesto huraño de quien evita una conversación.

―Qué pasa, Noé― preguntó sentándose a su lado. Tomó su mano haciéndole dejar suavemente el cubierto sobre el plato con la ración de guiso casi intacta, solo que muy revuelta. Le levantó suavemente el mentón para que dejara de mirar el caótico estropicio en el plato y la mirara a ella.

―Qué pasa, amor. Cuéntamelo. Soy tu mujer― le insistió con dulzura.

―Nada ―dijo él levantándose de la mesa, huyendo así de la pregunta.

¿Nada? Naama se echó a temblar.

***

Naama lo siguió hasta el jardín detrás de la casa y vio cómo Noé contemplaba con los ojos ansiosos una zarza calcinada que crecía junto al molino. Lo entendió todo rápidamente.

―Yahvé ―dijo para sí.

Él pareció no escuchar y continuó mirando hacia la zarza.

―Yavhé ―afirmó Naama con resignación―. ¿Se puede saber qué quiere esta vez?

―No vas a querer oírlo, Naama.

―Tienes razón, no quiero oírlo. Pero necesito saberlo. Me voy a acabar enterando igual. No creo que vayas a poder ocultarme los planes de Yahvé. No suelen ser cosas que se puedan hacer de tapadillo.  

―Te lo cuento mañana, ¿vale?

―No, no, no, no, no. De eso nada ― E insistió con un tono que no dejaba lugar para nada más que dar una respuesta: Ahora.

―Pero…

―¡Ahora mismo!—gritó Naama.

―Pero no te enfades.

―No puedo prometerte nada.

Lo cierto es que tanto titubeo por parte de Noé le estaba haciendo presagiar algo peor de lo que su cabeza mortal pudiera imaginarse. Y temía acertar.

―El caso es que Yahvé… va a destruir a la humanidad… o algo parecido― dijo él muy lentamente―. Calla, Naama, por favor, déjame terminar― dijo antes de que ella pudiera replicar, cosa que parecía a punto de hacer―. A toda la humanidad no, realmente… solo a los impíos ―puntualizó―:Tú y yo, y nuestros hijos y sus mujeres, nos salvaremos… Siguiendo unas… unas… instrucciones.

―Unas instrucciones. Aja. ―repitió Naama―. Que son…

Construir un arca de maderas resinosas, dividida en compartimentos, calafateada con pez por dentro y por fuera de trescientos codos de largo, cincuenta de ancho y treinta de alto. Con un tragaluz y a un codo de éste, que acabe el arca por arriba, con la puerta a un costado, y tres pisos, un primero, un segundo y un tercer piso.

Naama contenía la respiración sin dar crédito a la descomunal majadería que su marido acababa de escupir. Respiró hondo y se contuvo.

―¿Y el arca es para…?

―Pues verás, Naama…

Yahvé arrojará sobre la tierra un diluvio de aguas que exterminará toda carne que bajo el cielo tiene hálito de vida. Pero conmigo ha hecho su alianza, pues solo yo he sido hallado justo en esta generación. Y entraremos en el arca, nosotros y nuestros hijos, y las mujeres de nuestros hijos.

Yavhé se ha vuelto definitivamente loco, pensó ella. «Y aquí está mi marido presto a complacer sus caprichos y tonterías». Una vez más se contuvo antes de explotar. Sospechaba que a la historia aun le faltaba algún que otro detalle a juicio de Noé, no del todo relevante. Naama prefería evaluar la relevancia de según qué detalles personalmente.

―¿Y qué más? ―preguntó sin molestarse ya en ocultar lo capcioso de la pregunta.

―Nada más ―tartamudeó él.

―No me mientas, Noé ―dijo Naama marcando cada sílaba y temiéndose que lo peor estaba por llegar―: Ni te atrevas a mentirme. Soy tu puñetera mujer y tengo derecho a saberlo.

Él suspiró.

De todo viviente y toda carne meteremos en el arca parejas para que vivan con nosotros; macho y hembra serán. De cada especie de aves, ganados y reptiles, vendrán a ti por parejas, para que conserven la vida. Hemos de recoger alimentos de toda clase, para que a nosotros y a ellos les sirvan de comida.

Tenía sentido. Lo que no era lógico era plantear la construcción de un arca de tres pisos para la salvaguarda de cuatro matrimonios, tres de ellos sin descendencia aún.

Pero por mucho sentido que tuviera, Naama no daba crédito a la increíble estupidez inabarcable que estaba oyendo, a la vez que sabía que el carácter pío de su marido les abocaba a una titánica tarea. Temblaba de ira. Sentía el rostro caliente a la vez que sin sangre, la boca seca y las manos crispabas prestas a estrujar cuellos y tronzar yugulares.

―Dime algo, Naama― suplicó Noé.

Naama estaba tan fuera de sí que no acertaba a articular palabra, ni a dar ni uno solo de los aplastantes argumentos que en pura lógica deberían servir para convencer a su marido del completo despropósito de la empresa. Sabía que ninguno serviría para combatir el «es la voluntad de Yahvé».

 ―¿Vas a participar en la masacre de toda la humanidad? ¿Y me vas a obligar a mí a hacerlo? ¡Cómo va a salvarnos Yahvé por ser justos y piadosos después de contribuir a esa atrocidad? ¿Tú eres idiota, esposo mío, o te has dado un golpe en la cabeza?

―Naama, tranquilízate, mujer…

―¿Qué me tranquilice? ¿Pero tú te estás oyendo? ¿Eres ni medio consciente de lo que acabas de decir en voz alta?

―Naama, hablamos mañana, tú estate tranquila, ya veremos qué pasa. No podemos desentendernos de la voluntad de Yahvé, ni de sus planes para con nosotros.

―¿Qué no? Mírame la frente, Noé. Míramela― dijo Naama apartándose el espeso flequillo que cubría la marca del siete.

Noé abrazó a su mujer. Sabía de su carácter enérgico y temperamental, y estas explosiones, como muchas otras, cederían y se impondría el amor que se procesaban mutuamente y a sus tres hijos, Sem, Cam y Jafet. Naama lloró sobre su pecho ya algo encanecido hasta casi quedar desfallecida sin dejar de mirar la zarza por si Yahvé omnipresente tenía algo que añadir a la conversación. Pero nada sucedió y Noé llevó en brazos a su mujer hasta el lecho donde la acomodó con todo el cuidado y amor del que era capaz un esposo aún enamorado después de varios siglos de feliz matrimonio con aquella hermosa hembra de la estirpe de Caín.

***

Noé rezó e imploró mucho rato antes de caer dormido y soñó con Naama sonriente en sus brazos, juvenil y exuberante, dulce como la miel montada sobre su cadera. Pero la voz de Naama al rendir la explosión de su gozo susurró con suavidad en su oído, o tal vez solo en su sueño: «Seré vengada por siete».

***

Al día siguiente comenzaron los preparativos. Noé no contaba con el vigor juvenil que la tarea exigía, pero sus tres hijos y sus mujeres se prestaron con agrado a colaborar una vez conocidas someramente las condiciones del pacto con Yahvé. No solo eso, sino que no tuvieron reparos en reclutar mano de obra a jornal entre los vecinos de las aldeas próximas. La bolsa de la familia era próspera, así que podía permitírselo. Y aunque no pudiera, ninguno de aquellos desgraciados impíos sobreviviría para reclamar sus peonadas una vez desapareciera de la faz de la tierra todo hálito de vida, tal cual estaba estipulado.

Tampoco era preciso guardar demasiado cuidado en la selección de los mejores materiales, ni en talar los troncos más robustos y adecuados. ¿Qué otro fin aguardaba a cualquier recurso tras la inundación, más que la podredumbre? No había límites ni medidas, más allá de la satisfacción de la voluntad de Yahvé y la salvación de los justos.

Los hombres, inasequibles al desaliento por la prometida recompensa, talaban, cortaban, pulían, ensamblaban. El primer nivel de la nave se pensó con buen criterio destinado a cuadras, jaulas, cajones y recintos de todos los tamaños posibles para albergar a toda la fauna prevista para su cómodo alojamiento. Las mujeres recogían grano, hierba, paja, y cualquier acopio de provisiones estimado necesario para el mantenimiento de la vida de todas aquellas bestias destinadas a preservarse para el nuevo mundo que sería suyo, y de sus hijos, y de los hijos de sus hijos.

Naama permanecía callada y ajena a toda la actividad tanto de hombres como de mujeres.  Prefería hacerlo así, pues abrir la boca supondría preguntarle a su marido si la jodida zarza le había hecho alguna sugerencia sobre cómo preservar a las especies acuáticas de una inundación. O en qué jergón iría la pareja de chinches, en qué cabellera de los piojos.

Noé había preparado un prolijo y detallado listado de todas las especies animales que conocía, y en cuanto al menos el primer nivel del arca estuviera listo, el plan era irlas acoplando en sus respectivos lugares convenientemente adecentados para sus necesidades. Los trabajos avanzaban con rapidez. El trasiego de maderas, hombres, mujeres, y toda clase de materiales listados en el plan era incesante. Apenas había pausas a comer ni beber, ni mucho menos a descansar o dormir.

Naama, si algo había decidido hacer a favor del descabellado proyecto, era lo mínimo por no ver desfallecer a su marido e hijos en el esfuerzo por completar tan estúpida  tarea. Proveía de alimento, saciaba su sed, curaría sus heridas si se diera el caso, porque no hacerlo iría en contra del amor que su dividido corazón sentía por sus seres más queridos. Pero nada más. Estaba decidida a no participar en esa locura.

Si había algo que realmente le interesara a Naama conocer sobre tan inmoral asunto era la fecha concreta en la que tener realmente que tomar su decisión. Permanecía en silencio no como medida de presión, que sabía infructuosa dado el ensimismamiento con el que su familia se afanaba en la construcción del arca. El silencio de su voz pretendía alzar de entre el silencio la voz perdida de la conciencia, la que muy silenciosamente, en su momento, le indicaría sin ningún atisbo de duda qué hacer, qué partido tomar entre su familia y la colaboración activa en la destrucción de todo hálito de vida excepto… Pero ¿acaso existía alternativa? ¿Y qué alternativa sería esa? ¿Qué consecuencias traería sobre los suyos, sobre la humanidad, sobre la tierra y toda la vida que la habitaba?

Noé en una cosa tenía razón. Poco podría hacer los mortales para imponer su criterio a los designios de Yahvé. Sentía rabia, impotencia, muchas ganas de llorar y gritar; pero pocas ganas de hacerlo, convencida de su inutilidad. Suspiró, masajeando con suavidad su frente, su marca, su maldita marca, esa con la que Yahvé adornó la frente de Caín para protegerlo de la venganza de los hombres, bajo la amenaza de que cualquier daño que se le infligiera les sería devuelto por siete. Y terminó sonriendo ligeramente al cabo de unos instantes. No, definitivamente, una mortal no era quién para oponerse a los designios de un dios todopoderoso, omnipotente y estúpido. Pero tampoco iba a ser la primera vez que un hijo de la estirpe de Caín le fastidiase un poco uno de sus planes maestros.

Miró al cielo complacida. Nubarrones, claroscuros, pequeños haces de luz cada vez más tamizados y difusos. Parecía una reproducción a escala enorme del fondo de sus pupilas y de su alma. Parecía que iba a llover. Excelente.

***

Una fina llovizna, cansina por lo insistente, había dominado los últimos trabajos de remate del arca. Una vez terminado el primer nivel, las mujeres, según el plan previsto, habían acomodado en él a las parejas de animales más pesados: vacas, caballos, cerdos, bueyes… de tantas especies diferentes como conocían y pudieron encontrar, capturar o adquirir con las monedas que le quedaban a la familia. El segundo nivel, más ligero, quedó reservado para los animales más pequeños: gallinas, conejos, palomas, cabras, zorros, lobos, perros, gatos… convenientemente separados en compartimentos estancos para evitar altercados. Cada uno de los niveles contaba con sus rejillas de ventilación, ventanucos para evacuar deshechos, y alacenas repletas de provisiones. El último nivel, el superior, contaba únicamente con unos modestos aposentos destinados a las personas que morarían el arca y una despensa destinada a su mínimo sustento. Yahvé proveería en caso de necesidad.

El conjunto era portentoso. Si no reproducía exactamente los deseos de Yahvé, mucho no podía faltarle. Si algo le faltaba era nada más cumplir su cometido, y el momento se acercaba. No solo la pertinaz oscuridad de los cielos lo presagiaba. Las bestias, provistas de un instinto natural para pronosticar las tempestades, se revolvían inquietas en sus cubículos, mugiendo, balando, ladrando, aullando. El estrépito de sus voces coreando al unísono el advenimiento de la nueva era sonaba a música en los oídos de los elegidos, a la vez que destrozaba los nervios y la paciencia de Naama.

Había tomado ya su decisión, y su silencio ya no era el mudo testigo de una batalla de sentimientos encontrados, sino el presagio de problemas que Noé hasta ese momento no podía prever, absorto como estaba en su afanada tarea de agradar a Yahvé y confiado de la ciega sumisión de su amante esposa.

Cuando llegó el momento, el bramido de las bestias y la furia de la tempestad hicieron unos instantes de silencio dramático para permitir a Naama declamar su determinación:

―No subiré al arca por voluntad propia. Y si lo hacéis sin mí y perezco bajo las aguas―  que ya cubrían el voluptuoso cuerpo maduro de Naama hasta más arriba de las rodillas―, seré vengada por siete, que es la cantidad exacta que sumáis todos los que pretendéis salvaros de la aniquilación.

» Si perezco y subís al arca seréis los únicos contra los que Yahvé podrá descargar la furia de su maldición; y si finalmente perezco presa de sus designios, esa furia tendrá que descargarla sobre sí mismo y multiplicada por siete.

Noé palideció entendiendo la magnitud del desafío lanzado y la inevitable necesidad de forzar a su esposa a subir al arca en tan delicado momento. Sin calibrar ninguna de las consecuencias de sus actos, movido por ese mezcla absurda de amor y miedo que nubla el juicio hasta de los hombres más cabales, decidió que Naama subiría al arca, de buen grado o de malo.

Terrible, craso, espantoso error, que Naama celebró de nuevo sonriendo.

Out of depths of sorrow I cry
Before thee I lie
If this world shall inherit the mild
Hear your orphaned child

(Orphaned Land, The storm still rages inside)

Recomedadísimo: Mabool (Orphaned Land, 2004)

¿Será que tengo algo de obsesión con que se ponga a de llover y de llover?

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