El hombre del saco, un relato de Balcón del Espinar

Cuando todo seguido te lees La maldición de Hill House, El viento en el rosal y otras historias de lo sobrenatural, y Damas oscuras sucede que los fantasmas se me salen por los poros. Este fantasma lleva conmigo mucho tiempo, habita el barranco de las flores de El Espinar y es posible que en este risco volvamos a vernos, en esta vida o en la otra.

Al barranco más escarpado de B. le llaman «el de las flores». Dicho nombre no es porque sea un lugar florido. Al contrario, se trata de una pared agreste, rocosa y mayoritariamente desnuda de vegetación. Algunos arbustos rústicos se obcecan en poblar las grietas entre los peñascos, pero no parecen tener interés en colonizarlos más allá de la posible humedad de estas oquedades. Y desde luego, no florecen.

El nombre, me contó un lugareño ocioso, se debe a que las mujeres acuden al risco a arrojar flores como ofrenda. «¿A quién?», no pude evitar preguntar, incitado por una curiosidad malsana, antes de ser consciente de que al amable labriego le podría incomodar revivir algún hecho particularmente luctuoso, de los que marcan un punto oscuro en la historia de las pequeñas comunidades rurales. «No se sabe —respondió lacónico—. Si ve una, pregúntele». Y se alejó farfullando que tenía quehaceres.

La pronta resolución de aquel muchacho a ponerse a hacer algo de provecho espoleó mi imaginación más que la curiosidad, y decidí hacer una discreta investigación antes de abandonar el pueblo al día siguiente. Ya había tomado las fotografías necesarias para el encargo que me había llevado allí, la redacción de una guía de senderismo para visitantes, auspiciada por los fondos del concejo para impulsar el turismo rural en aquel bello pero apartado enclave.

Me dirigí a la habitación que accedió a alquilarme en la antigua hospedería su actual propietario, aunque se encontraba todavía habitada por su familia y no del todo acondicionada para recibir huéspedes. La planta baja del edificio se hallaba en obras para habilitar en ella una pequeña recepción moderna, cafetería y salón-comedor, pero apenas se vislumbraba el esbozo de lo que en algún momento llegaría a ser. Algunos muebles, cubiertos por sábanas para protegerlos de los trabajos de albañilería, le daban un aspecto de edificio en trámites de abandono en vez de a punto de ser rehabilitado.

—Patrimonio me obliga a conservarlos, señor. Pertenecieron a mi familia muchos años. Antes incluso de pasar a formar parte de la hospedería —me había explicado Aníbal por la mañana, al enseñarme el estado del inmueble para que yo mismo juzgara si podría pasar allí una noche. Habíamos mantenido una cordial disputa, él con que no, yo con que sí; él con que el establecimiento no se hallaba abierto al público, yo con que una cama donde descansar unas horas sería suficiente para mí.

—Pero, señor, ha de saber que mi familia y yo seguimos habitando el edificio. Hasta que me ofrecieron la subvención ha sido nuestra residencia.

—No les molestaré, se lo prometo.

—No es molestia para nosotros. Acaso lo sea para usted.

Y antes de que pudiera hacer ni tan solo una de las docenas de preguntas que se me caían de la boca, Aníbal dio por concluida la conversación, con una excusa semejante a la del hombre del risco: de pronto, tenía muchas cosas que hacer.

Ordené el material que había recogido durante la mañana, en la pequeña mesa camilla del cuarto que Aníbal me había cedido en el segundo piso. Tenía varios carretes llenos de fotografías espectaculares de los caprichosos paisajes del lugar, que, ciertamente, atraerían visitantes por su belleza agresiva. También había tomado profusas notas de sus nombres, los senderos para acceder a ellos y las peculiaridades de cada uno de los enclaves. Por último, había rellenado unas fichas con las direcciones de contacto de interés para un turista: la plaza, donde se encontraba la botica y una oficina de correos; la plazuela, donde se celebraba los martes y los jueves el mercado de productos frescos; la hospedería, confiando que estuviera ya abierta en el momento de publicarse la guía…

Solo había algo que me retenía en B. y era la intuición de que, por dos veces, aquella gente había dado por finalizada una conversación conmigo de forma abrupta, incluso descortés, en el momento en que lo habían estimado oportuno y por motivos que no alcanzaba a entender, ya que, repasando las conversaciones, todo lo dicho me parecía de lo más trivial. Me habían prestado ayuda en todo lo que les había solicitado. Me facilitaron toda la información recopilada con gusto y gentileza. No entendía aquella forma de proceder, y aunque no quería importunar a aquellas personas, a las que había clasificado como rudas de necesidad, simples, pero buenas, sí quería saciar mi curiosidad. Consideré que se lo debía al periodista que un día fui, de los que perseguían noticias al borde de los precipicios, no fotografías paisajísticas para guías.

Tomé algunas notas: «Barranco de las flores. No hay flores. Ofrenda de flores. Preguntar a las mujeres. Aníbal, hospedería. Familia de Aníbal. ¿Preguntar a Aníbal?». Estas notas siempre me habían ayudado a clarificar la mejor manera de abordar el siguiente paso de las pesquisas, pero me resultaban absurdas por lo escueto. Era prematuro, e igual de absurdo, aventurar alguna hipótesis. Además, la experiencia me decía que cualquiera de mis teorías sería mucho más apetitosa que la realidad, que tiene la costumbre de ser vulgar y miserable, poco atractiva, si se la compara con una fabulación creativa. Las mujeres, seguramente, echarían flores al barranco por algún desgraciado accidente en el que muriera algún vecino, igual que se colocan ramos en los arcenes de las carreteras donde los familiares recuerdan a los que se dejaron la vida en esa curva. La familia de Aníbal podrían ser unos padres mayores en condiciones de salud precarias, impedidos o dementes. De ahí que supusiera que su familia podría molestarme.

La luz del día me impedía ver con claridad las notas. Accioné el interruptor de la luz, un obsoleto pulsador colgado de un cable descubierto que pendía directamente de la lámpara del techo, globo de vidrio anaranjado al que sería caritativo describir como «vintage». Hay un cierto componente de miedo atávico en el hecho de accionar un pulsador y que no suceda nada. Una invocación de luz fallida, una rebeldía de la naturaleza a nuestros intentos por gobernar la frontera entre la luz y las tinieblas. Entonces me di cuenta de que sobre la mesilla de noche, en el extremo opuesto de la habitación, había un pequeño candil de aceite, que había tomado por elemento decorativo. Llamaron a la puerta y me sobresalté. Era Aníbal, invitándome a acompañarle a cenar. Portaba su propio candil, que le proyectaba en la cara sombras desagradables. Tuve que hacer el comentario estúpido del día:

—No hay luz.

Me miró unos instantes como si le hubiera hablado en otro idioma.

—No, señor, no la hay.

—Será cosa de las obras —dije, hablando más para mí mismo que para Aníbal.

—Será —repuso sin convicción—. Que yo le venía a decir que, si quiere asearse un poco, en vestíbulo le he dejado agua templada y toallas. Y que si desea cenar, le puedo sacar del puchero unas sopas, y algo de jamón y queso habrá para acompañar el pan.

—¿Tampoco hay agua?

—En el vestíbulo —me repitió—. No la gaste toda si no toma vino. ¿Se encuentra usted bien?

Le dije que sí, pero le podía haber dicho cualquier cosa. Había oscurecido completamente, aunque la luz del farolillo que portaba Aníbal me había mostrado de forma fugaz, atravesando el distribuidor de las habitaciones, la figura de una mujer que cruzaba el pasillo. Atravesándolo, no recorriéndolo. Flotando sin gravedad de una pared a la otra, a lo ancho, no a lo largo del estrecho corredor. Me froté los ojos.

—Aníbal, ¿qué está pasando aquí?

Suspiró.

—Ande, vamos a cenar un poco y se lo cuento. Va a querer vino, ¿a que sí?

—Por supuesto.

El primer trago de vino fue como un puñetazo en el cielo de la boca. Era peleón y estaba en forma. Los siguientes tragos, sin embargo, mejoraban. «Hay que airearlo», dirían los pedantes. La sopa estaba caliente y sabrosa. Llevaba pan, ajo, pimentón y tocino. Aníbal comía en silencio, como si se le hubiera olvidado que había prometido contarme… cosas. Los farolillos y las velas en sus palmatorias iluminaban la pequeña cocina en la que nos sentamos a cenar. Esta estancia no pertenecía al edificio de la hospedería, sino a una vivienda contigua cuyo propietario también era Aníbal.

—¿Pues no le dije, sí o no, que no quería alquilarle una habitación? —me preguntó de repente, al terminar la sopa y empezar a cortar gruesas lonchas de queso y pan.

—Sí que me lo dijo, sí. Pero no me dijo que la casa estuviera en estas condiciones.

—Quiá. No lo estaba. También le dije que usted no iba a molestar a mi familia, que acaso mi familia iba a molestarlo a usted.

—No me dijo que la casa estaba encantada.

—Para que a uno lo tomen por loco no hace falta opositar a notarías. ¿A que no?

—Pues no —concordé—. Pero si me hubiera dicho algo sobre fenómenos sobrenaturales, al tomarlo por loco, me hubiera marchado inmediatamente. El no mencionarlo, de algún modo, me forzó a insistir en quedarme.

—Usted quería quedarse de igual modo. Todos quieren. Todos se quedan.

—¿Qué?

Había escuchado perfectamente sus palabras. No le estaba pidiendo que las repitiera, si no que me las explicara.

—¿Pues no fue al Barranco de las Flores esta mañana y quería preguntarle a las mujeres?

—Sí —confesé como si me estuvieran acusando de un delito. Ni siquiera estuve ágil para preguntarle de dónde había sacado esa información. Me sentía en la posición débil de quien ha de responder de sus actos y no puede permitirse poner en cuestión nada de lo que le achaquen.

—Pues aquí las tiene… Pregunte, pregunte todo lo que quiera.

Eran tres figuras que parecían haberse materializado de la nada. Sentí cada músculo de mi cuerpo reaccionar, contrayéndose, creando una tensión que me impedía moverme. Dos de aquellas figuras eran mujeres, de edades que podrían corresponderse con una madre y una hija. ¿Su familia? Eran hermosas, de facciones delicadas, pálidas y etéreas. Sus miradas, dulces y tristes. Vestían de luto riguroso y portaban un sencillo ramo de flores silvestres en las manos, que mantenían unidas con recato sobre el vientre. La tercera figura era un saco de esparto atado con cuerdas a varias alturas que le daban aspecto de contener algo dentro. Salí de mi estupor para gritar cuando el saco se retorció y rugió como una bestia. Era una voz de mujer encallecida, vieja y furiosa. Una voz violenta y perturbada.

—Pues si no va a preguntar nada ahora que puede… Pues vaya.

Las dos mujeres me tomaron cada una de un brazo. Sus manos estaban heladas y sentí un dolor lacerante, como si donde me estaban tocando me arrancaran pedazos de carne. Me condujeron sin resistencia por mi parte al zaguán de la vivienda, mientras Aníbal tiraba del saco como si tratara de conducir a un borrico obstinado. Salimos a la claridad de la noche, bañada por una luna llena brillante de la que parecían hechos los ojos dulces de las mujeres. Del trecho hasta el barranco solo recuerdo caminar como en sueños, llevado en volandas por mis extrañas acompañantes, y el dolor, imposible de ignorar, de sus manos engarfiadas sobre mis brazos. Las sacudidas del saco se recrudecían conforme nos acercábamos al abismo, cuyo borde plateado parecía el filo de una espada, mellada pero cortante. Antigua, pero peligrosa.

Aníbal arrojó el saco a la profundidad del barranco de una certera patada. Un grito espantoso, replicado por ecos chirriantes, acompañó la caída. Las mujeres se arrodillaron, obligándome a hacer lo mismo. Sus ojos lloraban lágrimas blancas y brillantes. Sus bocas gemían, pero el único sonido terrible que llenaba mis oídos era el bramido de la bestia que acaban de sacrificar al precipicio. Tal vez yo mismo gritaba y lloraba, pero no era capaz de oírlo. Las mujeres aflojaron brevemente la presión sobre mis brazos para lanzar sus ramos al vacío. Se oyó entonces un chasquido y después solo el silencio más desolador. Aníbal se frotó las manos contra la pana del pantalón, acaso para librarse de la sensación áspera de la cuerda. Las mujeres ya no estaban allí.

—Hala, pues ya está. Vámonos.

Tuvo que tirar de mí, casi tanto como del saco, para llevarme a casa. Prendió las lámparas al entrar al vestíbulo lleno de muebles fantasmales. Había luz. Y agua en el pequeño aseo del recibidor.

—¿Quieres vino?

—¿Tienes algo más fuerte?

—Tengo aguardiente.

—Quiero aguardiente.

—Dicho.

Apartó la sábana de uno de los muebles, un aparador antiguo que al parecer hacía las veces de mueble bar. Sacó una botella polvorienta que limpió con la propia sábana antes de cubrir el mueble de nuevo.

Bebí un trago profundo de la botella, y otro después.

—Esto no ha sucedido —me dije a mí mismo, bajo la luz de aquellos globos de colores mortecinos. Pero no me lo dije muy convencido.

—Eso dicen todos. —Cogió la botella de licor y derramó una porción de líquido sobre mi brazo—. Esto hay que curarlo —añadió a modo de disculpa.

Grité como una bestia. El escozor me había golpeado con mayor intensidad en las heridas, si cabe, que la fuerza del propio brebaje en la boca. Las marcas en carne viva del abrazo de las mujeres estaban ahí. Sí había sucedido. Algo había sucedido. No podía negarlo, así que me aferré a la que se me antojaba la única tabla de salvación: racionalizarlo.

—Ahora vas y lo cascas —se anticipó Aníbal.

Me eché a llorar, agotado y dolorido. Aníbal me vendó los brazos y me llevó a mi habitación casi aupado en los suyos.

—Quiá, chaval. La vieja no puede tocarte ahora que estás marcado por las mujeres. Les pareciste bien. Te ven al fondo y ellas saben qué hacer.

—¿Y si les llego a haber parecido mal?

—Pues al saco. La vieja come. Y le gustan las flores. Todo está bien, hombre. Ahora ya sí, todo está bien.

El sueño me venció y aplastó las intensas emociones de la jornada. Hasta el dolor me dio tregua, y a la mañana siguiente todo aquello me parecía bidimensional y lejano. Una foto borrosa en blanco y negro.

Nos despedimos sin mayor ceremonia. Le di los carretes y las notas para la guía. Le dije que, por mí, podía quemarlos o tirarlos barranco abajo, lo que hicieran otras veces. Quiso saber si escribiría la guía. Le pregunté «qué guía». Cuál guía. No habrá guía ninguna. Para ir al infierno no hacen falta instrucciones explícitas.

«Otro vendrá», me dijo antes de desearme buen viaje.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Un sitio web WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: