No, Carmen, no molas

Al final del artículo la foto de la lavadora tiene explicación. Paciencia.

Llevaba tiempo queriendo escribir un artículo a cerca de esto de separar el autor de la obra y la ocasión la pintan calva hoy.

Sobre que el premio Planeta creo que solo puedo recomendar leer a Esther Tusquets, que sí mola, y en su libro Confesiones de una editora poco mentirosa se explica (casi) todo bastante bien. Y este libro se publicó en 2005. De año en año creo que lo único que ha cambiado es que cada vez la organización se corta menos y parece como que en lo único que pretendieran superarse a sí mismos es en cuanto a dejarse en evidencia. Lo de este año creo que ha dejado el listón altísimo para el año que viene. Y no es que estuviera bajo, que hemos visto a un jurado darle el premio bajo plica a un fanfic de Bevilacqua y Chamorro.

Lo de que subir el premio a un millonaco de eurazos fuera debido a dárselo a tres espingardos confieso que no me lo vi venir. Lo que no me sorprende nada es la cantidad de personas a los que les da igual que la autora sea una mujer a que sean tres hombres, porque lo que importa es la obra. Hondo suspiro. Bien. Vamos por partes.

Supongo a quienes les da igual quién escribe, lo que importa es la obra, son los mismos que no se fijan y debido a ello leen sobre todo a hombres, aunque esto no tenga absolutamente nada que ver con sesgos sexistas ni con machismo, que ya será cualquier otra cosa menos eso. A esto ya le he dedicado un artículo así que aquí vamos a empezar desde más arriba. Aquí hemos venido ya al segundo parcial.

Vamos a asumir que tienes ojos en la cara y sabes usarlos, y como tal, vamos a suponer que sí te fijas en las cosas y que como te fijas, ves. Vamos a hacer un sencillo test para ver si lo que importa es la obra, no quien la hace.

  1. Marca de ropa que sabes que fabrica con mano de obra infantil bajo condiciones de explotación, pero lo que importa es la ropa, que es muy chula. ¿Compras? Entendiendo que tienes opciones, es decir, que no es la única marca del mundo adaptada a tu poder adquisitivo. ¿Separas la obra del autor y compras esa ropa, que es muy chula, qué más me da quién la fabrica?
  2. Pastelería de barrio sucia nivel cucarachas corriendo por el mostrador, el personal sin guantes sonándose los mocos en el mandil. Pero los pasteles, maravillosos, oigan. ¿Compras? Tienes opciones, ¿eh? En el barrio hay más pastelerías que también tienen pasteles ricos. ¿Separas la obra del autor y compras esos pasteles, que están muy buenos, y esas cosas negras que corren por dentro son proteína?

Por algún extraño motivo la literatura es sacrosanta y la obra justifica, literalmente, todo, planteando la (absurda) necesidad de separar la obra del autor como si el buen desempeño en una tarea en la vida (siempre que sea literatura, porque con los ejemplos anteriores pretendo ilustrar que no en todas las disciplinas nos prestamos a tanta benevolencia) pusiera el contador de todo lo demás a cero. Me molesta mucho, muchísimo, el «qué más da» y la puesta por encima de la obra por delante de cualquier cosa, y sobre todo, la falsa contraposición entre la calidad de la obra y no diré ya del autor o autora, si no de la factura de la obra. Hay millones de contenidos para consumir, y oh, sorpresa, igual que nada une obras excelsas con reprochabilidad legal o moral de sus autores, tampoco nada impide que la calidad esté ejecutada con honestidad. Estamos en un escenario de sobresaturación literaria donde no se me ocurre por qué demonios pudiendo elegir entre docenas, cientos, miles de buenas obras de factura honesta tendría que decantarme por darle dinero a una mamarrachada orquestada con una puesta en escena de un millón de pavos. Que me da que dinero para tirarlo ya tienen suficiente.

Hasta aquí el porqué de mi parte las obras de Carmen Mola me resultan tan prescindibles independientemente de sus bondades literarias, si es que las tienen. Resumiendo: porque el mercado está lleno, saturado, sobresaturado y esto deja un margen amplísimo para encontrar obras maravillosas sin renunciar a una factoría transparente, sin artificios ni engaños, para consumir buena literatura.

Pero en esta ocasión, y por tener una ligera idea de qué me pierdo, me he encontrado en la intro de cierta novela a un niño atrapado en un cuarto oscuro palpando las paredes para encontrar el interruptor de la luz. Llega un momento en que se tropieza, en la oscuridad, con algo «que parece una lavadora» y el narrador se le ocurre que el niño «podría probar a ver si funciona». Del resto de la novela solo os diré que, hasta donde he conseguido llegar sin que se me salga la cerveza por la nariz de la risa, el único misterio que me intriga resolver es si funciona ese algo que parece una lavadora.

Por lo tanto, sobre separar la obra del autor, solo tengo una cosa que decir: cuidemos el planeta. La obra al contenedor azul; los autores al marrón.

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