Cadáver Exquisito (bien enterrado)

Tal como dije en la presentación de Activos Tóxicos, una de sus finalidades es recoger textos perdidos, publicados en su día en sitios que actualmente no existen. Jamás pensé que serviría también para recuperar textos que ni siquiera recordaba haber escrito, como este «cadáver».Esto, al parecer, data de 2013 y un trozo, al parecer, es mío…

Me escribe Alfonso por privado y depués de tanto tiempo, ¡y lo que me alegro de volver a saber de él!, me enlaza a esto, que en serio no recuerdo haber escrito. En cambio sí me reconozco en el primer comentario. Le tengo una manía horrorosa a los cadáveres exquisitos* porque son dificilísimos de rematar y enterrar. También estoy de acuerdo en que el mérito de que el relato sea decente está en Alfonso, a cuyo blog,  L mnd s xtrñ, recomiendo suscribirse.

Ni preguntéis qué parte escribí yo: ni idea. Aquí lo dejo. Me suele dar una vergüenza bastante sonrojante leer a mi yo más joven, pero en este caso, como si quiera sé quién soy yo… Alicia a través del espejo 2.0.

*Para info por si alguien no sabe de qué demonios hablo: Cadáver Exquisito. Y un gran abrazo a aquellos tiempos de chispa brillante de aquel grupo de donde salieron tantas cosas buenas, además de este cadáver.

Arriba y abajo

Activos Tóxicos albergará muchos, muchos relatos que en su día estuvieron publicados aquí o allá. Este no es el caso.  Este es nuevo, inédito, recién rechazado de certámen, además. Y aquí se queda porque tengo grandes planes (muy grandes) para esa grieta que se mueve.

A las doce apagaron las luces del pabellón. Amaya no creía ser capaz de dormir. Se sentía ridícula en esa colchoneta de gimnasia envuelta en una manta gris demasiado fina para dar calor. Ni siquiera le tapaba los pies y los tenía helados. Las botas de montaña aquellas le quedaban muy grandes. Y eran horribles. Igual que el chándal chillón acrílico. Además, era muy grande y la goma de la cintura del pantalón estaba demasiado dada de sí como para sujetarse solo. La mujer que repartía la ropa le había mirado con auténtico desprecio al preguntarle si no tenía alguna talla más pequeña. Sigue leyendo